Crónica de dos amantes en una noche de arena

Después de la huida del sol
a nuestros miradas separadas,
pero juntas en pensamiento,
alejadas en sentimiento.
Llegó la noche,
aquí estamos en busca de aventura,
deseosos de eliminar a terceros,
para sernos sinceros.

Ya terceros se fueron.
¿Qué quieres hacer?
Huimos hacia la costa,
del país de las maravillas,
 huimos hacia el extremo,
de tu vida, de mi vida.
 Llegamos eufóricos
en la noche perfecta,
tan perfecta como jamás se había visto,
 ni se volverá a ver.
Las estrellas brillan tanto que ciegan mi consciencia,
el mar con su música de arrullo, la arena suave.
Amor relájate, este momento es tuyo.
Somos dos bohemios,
descubriendo la hermosura de un misterio.

Nuestras voces las acaricia la brisa,
corre aprisa, por nuestros rostros extasiados,
 por tanta belleza de la madre naturaleza.

No sé si dejamos de ser amigos,
o fuimos mas amigos que nunca.
Te veías más bella de lo normal,
te deseaba de una forma inmoral,
mientras te escuchaba,
 mientras caminabas,
mientras volabas,
mientras la vida se hacia nada,
 y se convertía en un momento,
ese momento…

¡Llegamos al Paraíso!
Cuesta creer que estuve allí,
junto a ti, junto a mi.
Subimos al lugar correspondiente,
 para los dueños, para los reyes,
 tú y yo, solo tú, solo yo.
Sin mirarnos los rostros,
por miedo a enamorarnos,
del momento o del acompañante,
de nuestro libido joven,
de nuestra condición de amantes.

Uno al lado del otro,
nos sentamos,
sin acercarnos demasiado,
aquí estamos, mirando el horizonte,
mirando el mar, que se confunde con el cielo,
con las estrellas, que se confunden con los cruceros.

¡Estamos en el Paraíso!  
Como Adán y Eva,
tentados por la manzana,
 que pronto nos condena.
Ven, bajemos a la arena,
 miremos el cielo.
 Allí, yo acostado, tu sentada,
 hacia su entrada,
el deseo de mi piel, por tu piel.
¡Quiero sentir tu mirada!
Solo para saber que eres tú. 
Quiero acariciarte y comienzo a hacerlo;
tu pelo, tu cuello, tus orejas, sin llegar a tu alma,
voy con calma.
 Quizás así pueda llegar a ti.
Ambos sabemos porque estamos aquí,
ya nada importa, no cabe duda,
 ni siquiera el hecho, de que todo esto es una locura.
Subimos al trono,
el suelo era incomodo.
Estando allí, te pedí,
 que me miraras a los ojos
 mientras yo acariciaba tu espalda,
tu boca pedía que parara de hacer aquello,
pero tu cuerpo suplicaba que continuara.
¡Yo no quiero parar!
 Tu mirada perdida,
indiferente ante lo que sucedía,
 tu boca me detuvo,
se negaba a besarme.
 Decidí detenerme, por respeto a tu pudor.
Tu pensando en tu ex novio, en las apariencias.
Yo en vivir una experiencia.

Me detuve y me mantuve 
alejado por un momento.
De pronto, tu cuerpo te traiciona,
“en contra de tu voluntad reaccionas”
sobre mi te avalanchas,
 me pides que te haga lo que quiera.
Lo que quiero es besarte completa,
sentirte más cerca,
a ver si así engañamos a la soledad,
que nos condena.
Las caricias se intensifican,
mi corazón y respiración se aceleran,
 mi piel se comporta de otra manera;
 tú solo miras el horizonte,
como en espera, como si nada importara,
como si nada sucediera.
 Yo, preocupado por ti,
a la misma vez excitado en mi.
Quiero sentir tu piel desnuda,
 te abrazo, con tanta pasión,
que mi ser alivia su dolor,
con tu piel desnuda.
 Mis sentidos se estremecen,
mi cuerpo se engrandece,
al sentir tu piel sobre la mía,
al sentir tu espalda sobre mi pecho,
 tus pechos bajo mis manos.
Mi vida se junta a tu muerte,
 me siento vivo, estoy vivo,
junto a ti, sanadora de dolor,
 que librada  de todo pudor,
se dignó en complacerme,
por instinto,
necesidad o falta de compañía ,
compartiendo tu soledad
en esta obscura noche fría.

De repente,
un ángel patrullero,
 te asustas,
te sientes incomodo en el cielo,
 tú te levantas enojada e incomoda.
Te vistes aprisa,
caminas aprisa,
hablas aprisa
y en mi solo encuentras sonrisas.
Te sientes sucia y yo afortunado.
Regresamos del Olimpo en una intensa discusión,
 lo que para ti fue un gra pecado,
para mi fue un gesto de amor.

A terceros recogimos,
cuando nos fuimos,
 las calles estaban revueltas,
era una noche de gloria,
la gente gritaba exhaltada, emocionada sin sospechar, lo que entre tú y yo acaba de pasar.
El camino ahora se divide,
vete a quien perteneces, 
déjame el alma sola, que sola perece.
El camino ahora se divide,
 te deseo lo mejor,
me tengo que ir, el sol va a salir, 
y aunque no lo quiera,
me es inevitable morir.
Regresa con tu amor,
 yo regresaré con mi dolor,
regresa a tu monotonía,
 y quizás, tal vez algún día,
todo sea parte del olvido y como tu dijiste:
 “entre usted y yo, nada ha sucedido”.

Autor: José Israel Negrón Cruz
Escrito el 30 de enero del 2001
Editado el 3 de enero del 2015

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