La maldición del pene, capítulo 8


-Vete un tiempo con tu padre.

Aquella expresión había sido inesperada para Roberto, lo dijo así, de la nada sentada en uno de los sillones crema de la sala. Tenía la cara y el cuerpo lleno de moretones. La pelea con Chefa no había sido fácil. Era mujer robusta que se sabía defender muy bien. Robertito buscaba la forma de evadir quedarse en la casa de los Mendoza.

-Mamá, llevo años que no visito la casa del abuelo.
-Haz comenzado a causar problemas, creo que lo más adecuado es que paséis algo de tiempo con Pedro, que te enseñe cosas de hombres que quizás yo no entienda. A ver si así te olvidas de Carlita y yo tengo algo de paz. Confía en los consejos de él, es un buen hombre, a pesar de ser un pendejo, sabrá cuidarte.
-¿Puedo llevarme la consola?
-Llévate lo que quieras, menos dinero, de eso él se encargará, es su responsabilidad por ser el hombre, tiene que hacerse cargo de los gastos de su hijo, sino que clase de hombre sería, así que no te preocupes, te irá bien. Pídele lo que quieras, al final de cuentas te lo comprará. Y si no, pues ve donde la abuela, ella es gruñona pero es más llevadera que tu abuelo. 
Con el rostro apenado Roberto comenzó a empacar las maletas. No sabía con certeza cuanto tiempo pasaría en casa de los Mendoza. Tampoco tenía una idea clara de que debía llevarse. Así que empezó a tomar una que otra cosa al azar de su cuarto. De lo único de lo que estaba seguro con lo qu debía cargar, era con la consola de videojuegos.

Sabía que la vida en casa de su abuelo, no sería fácil. Era un mundo distinto al que estaba acostumbrado. Sobretodo la disciplina, su madre le dejaba hacer prácticamente lo que quisiera, siempre y cuando no la sacara del sueño en la cama o del computador que eran sus dos faenas predilectas.  Tener una rutina de vida y seguir órdenes era algo que su madre no le había enseñado y ahora le tocaría aprender de mala manera. Antes de sacar cualquier pieza de ropa del almario apretó, entre dos pedazos de cartón Guerra de Pandillas, lo envolvió con tanto amor y delicadeza que parecía que se estuviera haciendo un regalo a sí mismo. Luego metió en una caja entre tres almohadas la consola. La ropa, la puso  como pudo, no tuvo discreción en si estaba limpia o sucia, de eso que se encargara la abuela. Después de todo, nunca había usado una lavadora de ropas y no era el momento para empezar a practicar.

“Pronto se resolverán todos los problemas, ya a Eduardo se le pasarán los celos” , pensaba. No estaba enamorado de Carla, ni de ninguna otra chica en la vida, eran solo parte del imaginario de un adolescente inseguro, celoso. A pesar de tener catorce años de edad y ser un joven guapo, el interés por las  chicas no había despertado todavía en él. ¿Novia para que? Se preguntaba constantemente para sus adentros, solo hablan y hacen que uno pierda la concentración en los videos juegos. Es cosa de los muchachos de antes y de uno que otro loco que cae los malos pasos del amor.  Yo no, yo soy más inteligente y aunque Carla es una buena muchacha, tremendísimo el lio que me ha formado en la escuela.  Quizás sea mejor que aleje de ella, no quiero que ese loco de Eduardo ande dándome palizas innecesarias. Entonces elaboró un plan que consistía en tropezar lo menos posible con Carla. La realidad era que su madre tenía razón, aquella chica le estaba causando problemas y por poco y le rompe el coño Eduardo aquella tarde en la escuela. Los consejos de una madre no siempre son acertados, pero sí bien intencionados, por eso vale la pena escucharlos.

Mientras Roberto terminaba de empacar, alguien tocaba a la puerta. Con una sonrisa, Fátima se acomodó el escoté de la camiseta, quería asegurarse que sus dos buenas chinas, lucieran sabrosas para ex marido. No se cansaba de coquetearle. Al final de cuentas, era una mujer soltera y tenía derecho a mostrar lo que quisiera y más al hombre que le había parido un hijo. Después de una breve mirada en el espejo, le dijo a Robertito.

-Es tu papá, ábrele la puerta y convídalo a pasar.
-Hola Pedro
-Hola hijo, cómo haz estado, me dicen que ya tienes novia.
-No, no tengo novia, es solo una amiga que me ha traído ciertos problemas.
-Bueno, acá entre nosotros, te diré que las chicas siempre nos traen  problemas a los hombres, pero eso es parte de la vida.

Mientras ellos conversaban, Fátima no paraba de buscar cosas por toda la casa, su blusa dejaba ver el punto exacto en donde comienza el pezón. Se doblaba una y otra vez para que se le marcara el trasero, era todo un coqueteo disimulado, sutil, pero acertado. Pedro la seguía con la mirada mientras ejercía después de mucho tiempo su faceta de padre consejero. La combinación de aquellos pechos con trasero en movimiento, termino por silenciar al padre. Robertito al percatarse de lo hipnotizado que estaba su padre, aprovecho el  momento para realizar una pregunta que tenía guardaba hace mucho:

-¿te gusta mamá?
-Esas preguntas no se hacen.
-te pregunto porque no paras de mirarla.
        Splash, una bofetada inesperada le cambió el sazón a la conversación. Pedro subió el tono:
-De ahora en adelante vas a aprender a respetar oíste muchacho. Anda a recoger             tus cosas que nos vamos, insolente.
-Pero, pero si no dije nada.
-Pero cállate de una vez….

        Después de recoger el reguero y retirarse,  la mamá no paraba de sonreír. Ella sabía que él le miraba el culo, era necesario mantenerlo ilusionado, con aquello de volver a entenderse en la cama, aunque fuera por unos instantes.  “Un hombre ilusionado con una mujer es un hombre amansado” decía para sus adentros y en esto de ilusionar hombre yo sí sé. Tan pronto la guagua doblo la esquina agarro su celular y llamó a Julieta:

-Aló
--Cómo estás guapa
-De lo más bien Fátima.

-Sabes, hoy tenemos noche de rumba, así que vístete bien que pasó por ti a las diez…

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